En tiempos como estos, en los que el pánico y la incertidumbre se hacen presentes en los medios de comunicación del país y del mundo ante la posibilidad de una pandemia; en tiempos donde importa un bledo si la final de la Champions League pueda ser disputada por el FC Barcelona y el Manchester United, o que Rafael Nadal sea el tenista número uno del mundo y llegue a ganar todos los trofeos del ATP Masters Tour 1000; en los que ya es frívolo pensar en el tan esperado regreso de Metallica a México para que den tres conciertos de dos horas y media; en estos tiempos es cuando los mexicanos debemos estar solidarizados, unificados y descartar todo sentimiento de temor o pensamiento caótico, pues, no nos equivoquemos, estamos ante la posibilidad de guerra.
No en una guerra contra algún país, en la que seamos obligados a tomar un fusil, y seamos enviados a bombardear alguna ciudad lejana, como llegan a hacer impunemente los estadounidenses. Nada de eso, en nuestra guerra todavía no se sabe qué o quién es el enemigo. Bien puede ser la influenza porcina (perdón, ahora es humana o H1N1), los medios de comunicación masivos, nuestro propio gobierno, o hasta nuestra propia ignorancia. Lamentablemente, yo tampoco lo sé.
Lo que sí sé, es que dentro de todo el caos generado desde el jueves 23 de abril, hasta el día en que se terminó de redactar esto (2 de mayo), hay algo que no me queda claro, que no me cuadra.
Las cifras de casos confirmados, casos sospechosos y defunciones relativos a la influenza porcina que presentaba Reforma, vía Internet, hasta el 30 de abril, citaban a la Organización Mundial de la Salud, a la Secretaría de Salud federal , así como a las estatales, que difieren unas con otras. El periódico en línea hace ver, con base en las cifras de las Secretarías de Salud estatales, al Distrito Federal como el foco principal de brotes de influenza, con 194 casos sospechosos, 89 probados, 28 defunciones y 5 de ellas comprobables. Hasta ahí vamos bien, se sobreentiende que las cifras puedan no ser compatibles.
Lo que me resulta extraño es que amistades en el Distrito Federal, como Juan Luis, o Erick, me han comentado puntualmente, vía Messenger, que no saben de nadie cercano a ellos, así como en el caso del “amigo de un amigo de un amigo”, que padezcan la enfermedad. Incluso todos mis familiares capitalinos están completamente sanos, y desconocen de alguien que haya padecido la temible influenza porcina. Sin embargo, digo, “oquei, son cerca de 10 millones de capitalinos. Puede ser”.
Además, llegaron constantemente correos electrónicos relacionados al problema nacional con información dudosa que sugieren un complot del gobierno para la reactivación de la economía, o que la situación sólo es una distracción para la próxima campaña electoral, y cuestionan la falta del tan criticado amarillismo en los medios de comunicación, al no publicar entrevistas o alguna información sobre las victimas (enfermos y difuntos) de la epidemia, así como del retroviral que se les administra en hospitales.
Sólo uno de esos correos, además de una dura crítica al Partido Acción Nacional, incluye datos cotejables respecto a que al mismo tiempo en que todo el país volcaba la vista a la situación nacional de salubridad (entre el 23 y 30 de abril), en la cámara de senadores se aprobaba la portación de sustancias ilegales como marihuana, cocaína, heroína, cristal y LSD a consumidores, bajo la restricción de no usarlas en sitios públicos (ver: http://www.milenio.com/node/204108); además de la Ley de la Policía Federal, que faculta a los agentes policiacos a intervenir líneas telefónicas, correos electrónicos y laborar de encubierto como civiles, según disponga el Ministerio Público Federal (ver: http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2009/04/30/aprueba-senado-ley-de-la-policia-federal). Legislaciones como estas pueden hacer pensar en una posible mascarada, como de mala película hollywoodense. Como quien dice, no cuadra.
Y mientras todo esto pasaba, el gobierno del Distrito Federal cerraba todo tipo de lugares donde pudiera haber una aglomeración de gente, llámense estadios, cines, auditorios, o hasta restaurantes. Mi tía, que tiene el mejor restaurante del Centro Histórico donde he comido gratis, llamó el miércoles y comentó que tendría que cerrar el lugar por al menos 15 días, debido a la disposición gubernamental que se había anunciado la noche anterior.
Además de significar un golpe en el bolsillo de mi tía, y por consecuencia en el de mis primos, la influenza (hoy humana, para evitar muertes de cerditos en Egipto) arremete tangiblemente más contra la economía de los capitalinos que contra su salud, ya que el comercio, ya sea restaurantero o de cualquier índole, es la mayor fuente de ingresos de los habitantes.
Sin embargo, con la tristeza que me invade al ser capitalino de origen y ver el Distrito Federal como una ciudad fantasma desde las fotos de periódicos, al estar totalmente paralizada; sólo pienso en una cosa: futbol.
El torneo mexicano de Primera División es lo que menos me cuadra de toda la situación, pues durante el pasado fin de semana se efectuó la Jornada 17 a puerta cerrada. Aparentemente, todo tipo de competición y práctica deportiva en el país había sido suspendida.
Incluso la CONCACAF postergó la final de vuelta de la Liga de Campeones, que disputarán los clubes mexicanos Atlante y Cruz Azul, y hasta CONMEBOL, después de dimes y diretes, respecto a una supuesta discriminación hacia los equipos mexicanos Chivas de Guadalajara y San Luis Potosí de parte de Colombia, Venezuela y Chile dentro de la Copa Santander Libertadores, se vio obligada a aplazar los juegos de octavos de final que los equipos nacionales disputarán para que nadie salga afectado económicamente, ni haya riesgo de contagios.
Aunque con miedo y asco han aparecido soluciones para que nadie salga perjudicado en el torneo internacional (clubes mexicanos y sus rivales sudamericanos), la Federación Mexicana de Futbol ni se ha inmutado ante la amenaza de que los jugadores puedan resultar enfermos por la continuación del torneo local. Hasta el flamante director técnico del Tri continúa los entrenamientos de su selección apócrifa con cubre bocas desechables.
Si José Ramón Fernández ha dicho desde ESPN que el torneo mexicano está controlado por Televisa y TV Azteca, y éstos son dos de los principales medios de comunicación que propagan el pánico y temor respecto a la influenza humana, entonces ¿qué significa? Y si además se especula que Javier Aguirre está en la selección mexicana por petición del propio Felipe Calderón, vía Jesús Martínez, propietario del club Pachuca (club involucrado en 2007 en un escándalo de especulación de terrenos en Hidalgo), quien comunicó al primer mandatario con el ex entrenador del Atlético de Madrid, entonces ¿hasta qué punto llegaría la relación entre gobierno, televisoras y futbol mexicano en todo este escenario de pánico y repugnancia?
Hay algo escurridizo y elusivo en tiempos como éstos. ¿Cuál es el verdadero significado de legalizar el consumo de drogas?, ¿qué significa la continuación del torneo cuando los jugadores, lejos de jugarse la Liguilla o el descenso a Primera A se juegan la salud?, ¿estará planeada toda esta situación relacionada a la influenza?, ¿es posible asegurar que todo se restablecerá el seis u once de mayo?, ¿serán un disparate estas líneas? o ¿toda esta situación de la epidemia será una exageración? Nada queda claro, pero, en tiempos como estos, parece haber algo o alguien a quien se le deba llamar enemigo.
Dicen por ahí que el arte es la capacidad de llevar a cabo una actividad hasta su máxima expresión. Seguramente quien (o lo que) impida ver a través de las grietas de esta situación, sea el artista (o el opus) más grande del que se haya escrito jamás.

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