
Estaba dormido, envuelto en las sábanas de unos cabellos negros. Sobre la carretera blanca del cuero cabelludo descansaba de la frenética actividad de horas pasadas. Era tan pequeño, tan invisible para los parlantes piojos que arrasaban organizadamente en coordenadas, que siempre trabajaba sin preocupaciones. En el aire circulaban esferas blancas esponjosas que se adherían momento a momento a los múltiples filamentos ondulantes. Despertó. Se habían disparado unas palabras provenientes de la habitación de juegos. El gatillo del oponente se había abierto tanto hasta que se dejó ver una inmensa resbaladilla de color fuego.
Aquel microscópico individuo, vestido con un leotardo de rayas blancas y negras, tomó su caja de herramientas y bajó hasta los ojos de la niña. Su residencia era una chiquilla sonriente, traviesa, llorona y vengativa. Momento de sacar la tenaza L. Recorrió unos milímetros el aposento de los oscuros iris de Sofía para instalarlos a la derecha de sus posibilidades. Tres segundos y con la tenaza bien sujeta los centró lentamente hasta dejarlos descansar.
Una nueva molécula de emoción y descendió hasta sus labios rosados. Sacó una pinza con dos engranes de mayor tamaño que su cuerpo entero. De una manija que salía de la pinza justo a la mitad, giraba y giraba, provocando movimiento en ambas ruedas. De tal manera que una se encontraba sobre el labio inferior y la otra, sobre el superior vecino carnoso. Logró abrir considerablemente su boca. De pronto un péptido furtivo….
-¡Ya no me quiero bañar!, ¡ya no me quiero bañaaaaaaar!
El pequeño huésped sudado rogaba por un llanto venido del alma, no por pequeñeces y cosas de mocosos consentidos. Refunfuñó lo suficiente hasta que la emoción de la niña le hizo trabajar. Tenía que aflojar y endurecer el engranaje para permitir el movimiento de los labios. Curioso por lo que estaba pasando, se asomó a lo lejos y pudo ver que su alojamiento humano se encontraba en un baño color rosa, muy pequeño y vaporoso. Ella comenzó a susurrar…
-Su carita estaba cada vez más pálida, más de muerto. Su cabeza, calva. No murió de cáncer, murió en mis ojos…
Orden de fruncir los labios. El hombrecillo soltó la manija, deteniéndose justo cuando éstos se habían compactado. Aquella niña tenía la necesidad de mirar hacia el piso, así que el femto-individuo corrió y con la tenaza L tomó con firmeza la dirección de sus ojos hasta colocarlos en ese sentido. La niña respiraba hondamente, por lo que el traqueteado huésped se posicionó en medio de las pequeñas fosas, que estiró hasta que se sintiera que se llenaban los pulmones. Las regresó a su lugar originar. Cuatro veces más efectúo el alargamiento y reposó.
Sofía que se encontraba de frente al espejo del tocador, cubierta por una toalla blanca, se disputaba seriamente entre meterse a bañar y no hacerlo. Se miraba de frente, analizando su rostro, la finura de sus rasgos, cuando notó un puntito extremadamente pequeño que corría de un lado al otro, de sus ojos a la nariz, y luego a la boca, sin orden aparente. Hacía paradas rápidas en esos tres órganos sensoriales como un esquilín que huye de ser pisado por la suela de un botijón.
Acercándose cada vez más al espejo para poder ver aquella cosa minúscula con más claridad, llevó su mano a la cara y lo tomó entre sus dedos. Como parecía inofensivo, se preguntó qué podría hacer en su oído. Quizás y hasta podría moverle las orejas como Dumbo. Todo con tal de distraerse un poco de lo que pasaba justo dentro de su cabeza. Entonces colocó aquel pequeño intruso en su oreja, y como vio que no hacía nada, lo empujó un poquito, hasta que sin darse cuenta fue a resbalarse –debido al exceso de cera- hasta llegar al nervio auditivo. Un desliz más y ya había llegado al cerebro. La pequeña, incómoda por la presencia de aquel monstruosillo en su interior, inclinaba su cabeza golpeando suavemente su oído; pero el huésped favorecido por tal movimiento pudo colgarse del axón de una larga neurona y así, por medio de un impulso eléctrico llegar hasta el centro de la memoria.
Allí pudo leer uno de los impedimentos de Sofía para meterse a bañar… Archivo de 1977: Justo cuando enjabonaba a su hermanita y abría la llave, vio cómo de repente el trozo de metal de metro y medio que sostenía la cortina de baño se caía impactándose en la cabeza de ésta. El agua que salía de la regadera se combinaba con el jabón y la sangre derramada. El hombrecillo se espantó y colgó de otro axón para salir de allí. Pudo regresar al nervio acústico y jalado como por atracción magnética, salió hasta llegar al oído externo. La niña estaba por fin tranquila por no tener más al huésped en su cerebro; sin embargo, lo vio con una excesiva melancolía. Sabía que él había leído la triste historia de la muerte de su hermana pequeña, por lo que convencida, soltó la toalla y abrió la llave de la regadera. El agua, que sentía a través de sus delgadas piernas, fue cayendo cada vez más caliente. Tomó al hombrecillo que seguía en su oído y lo dejó caer perdiéndose en la coladera.
Sofía quiso terminar con sus expresiones en medio de una temperatura de creación. Tendría sólo, una cara muerta.

1 comment
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Mayo 6, 2009 a 7:46 pm
ana
hey esta bien interesante el escrito
felicidades a quien lo escribio se nota
que tienen mucho talento para escribir
felicidades a la revista esta muy buena
saludos a sofia..